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| Henry Agudelo, enviado especial Cali | La solidaridad
de Gloria Amparo Hernández es tanta que no le alcanzan
las horas del día para dedicarlas al cuidado de los niños
inscritos en su jardín. |
| “Por los niños
soy capaz de pedir, megáfono en mano, la ayuda necesaria
para garantizar su alimentación en el jardín”:
Gloria Amparo. |
Persona ejemplar
| Solidaridad
Gloria Amparo recicla amor en Cali
Acoge
en su hogar infantil a niños de zonas deprimidas de la capital
vallecaucana.
Javier
Arboleda García
Enviado especial, Cali
Hasta sucios y en pijama, como estuvieran, los niños que
vivían en el basuro (basurero) El Navarro, en el suroccidente
de Cali, asistían todos los días al jardín-restaurante
que creó Gloria Amparo Hernández, una abuela, cabeza
de familia, nacida en Tolima, criada en Meta, “pero forjada
en los desechos”, ganadora de El Colombiano Ejemplar en solidaridad.
“Ninguno se me salvaba, porque en el carro que llevaba la
basura en ese me los traía”, aun en contra de sus padres
que, “por el consumo de drogas y alcohol, se acostaban tarde
y poco les importaban sus hijos”, dice esta mujer que tiene
más sobrinos que problemas.
En 1989, con el apoyo de la Fundación Social, consiguió
una sede en comodato, cerca del basuro, “para atender a niños
de recicladores”. “A este lo mataron... Este se volvió
malito... Esta es madre soltera y está esperando su tercer
hijo... Este si es buena gente...”, cuenta Gloria Amparo mientras
señala, uno a uno, algunos de los miles de niños que
han pasado por su guardería y que conforman una galería
de la memoria en fotos gigantescas que cuelga en las paredes de
su oficina.
Allí, en un pequeño salón, al lado del hogar,
ella trabaja con un grupo interdisciplinario, la mayoría
compuesta por mujeres, encargado del jardín y de las tareas
de la Fundación de Apoyo Integral al Reciclador, el nuevo
proyecto de una líder que pinta los años en su rostro
adusto, de ojos pequeños y sonrisa amplia; el trabajo en
su manos callosas y su vitalidad en una jornada que empieza a las
6:00 de la mañana.
La Monita, como la conocen, que se formó en la necesidad,
en la pobreza, dice que “el único derecho de los niños
es ser felices”. El jardín es un salón amplio,
dividido en secciones, de acuerdo con la edad de los menores; con
cocina y dos comedores. Esa sede es, tal vez, la única esperanza
alimenticia para 180 niños, 90 matriculados en el hogar y
los otros 90 adscritos al programa de restaurantes escolares.
Con recursos propios (cada niño paga 8.000 pesos mensuales),
más los aportes del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar
(Icbf) y los de entidades como el Colegio Alemán, que dona
los pañales y el material didáctico, y una fundación
holandesa que regala los recipientes plásticos, Gloria Amparo
se consigue el sustento diario.
“La mensualidad la destinamos para el pago de las ocho madres
comunitarias (todas cabezas de familia que reciben una remuneración
mensual de 152.520 pesos)”, pero cuando los recursos se acaban,
por cualquier circunstancia, “ella sale, megáfono en
mano y un talonario a pedir o a rifar cualquier cosa que garantice
la alimentación”, advierte Claudia Velásquez,
asistente del hogar.
“Ella es el corazón y yo la cabeza”, agrega,
al explicar que Gloria Amparo nunca ha devuelto un niño por
falta de pago y por documentación incompleta. La intervención
de esta líder se proyecta hasta Quintas, donde viven familias
reubicadas de ese sector y de zonas de alto riesgo.
La Fundación de Apoyo Integral al Reciclador, por medio de
un convenio con la Fundación FES y el Comité de Erradicación
del Menor Trabajador, hizo un diagnóstico y descubrió
graves problemas de deserción escolar, drogadicción,
pandillismo y violencia intrafamiliar.
“El convenio lo prorrogaron”, cuenta Patricia Solis,
trabajadora social quien, junto al pedagogo reeducador, Jorge Arias,
hace la intervención en el sector. “El trabajo consiste
en apoyar pequeños proyectos productivos pero, sobre todo,
en fortalecer los frágiles lazos comunitarios, en cambiar
la cultura institucional, en modificar los hábitos de aseo,
en fomentar la escolaridad o, al menos, en crear la necesidad y,
por último, en buscar espacios para la ocupación del
tiempo libre de niños y jóvenes”, agrega Arias.
Falta mucho por hacer, pero Gloria Amparo nunca se rinde, pese a
momentos difíciles como el que vivió el viernes pasado,
cuando tuvo que decirles a los niños del restaurante escolar
que, hasta ese día, estaba garantizado el almuerzo. “Si
consigo con qué darles, los llamó”, les dijo.
Ninguno protestó, pero todos hicieron un gesto de tristeza,
gesto que una niña refrendó con un abrazo y un beso.
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