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| Germán Soler, Sandra Bessudo y su esposo
Yves Lefrev. |
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Cortesía |
La isla Malpelo está ubicada en el Pacífico. Uno
de los logros de la fundación que lleva su nombre es
la postulación para que sea considerada Patrimonio Mundial
como las islas Galápagos, de Ecuador. |
Un regalo de flora y fauna
Tres
y medio kilómetros de tierra son parte del sueño de
un grupo de seis gomosos.
Beatriz Arango
Sepúlveda
Medellín
De una isla en el Pacífico de tres y medio kilómetros
cuadrados, ubicada a 500 kilómetros de la costa, sale el oxígeno
que impulsa el día a día de seis personas desde el año
2000.
Sandra Bessudo, Yves Lefrev, Mario Silva, Germán Soler, Hernando
Zambrano y María Claudia Díazgranados respiran y viven
por Malpelo, ese lugar enigmático y amigable, que procuran
visitar cada dos meses.
Mario Silva expresa el poder que ejerce Malpelo sobre ellos y que
los lleva a liderar campañas para proteger su ecosistema. “Es
uno de los sitios más hermosos que haya visto. ¿Por
qué? Los animales no te tienen miedo. Ni los que están
sobre la piedra ni los que están bajo el agua, porque nunca
han sido atacados por el hombre”.
Mario confiesa que es inevitable enamorarse de la isla. Un amor que
crece y se hace fuerte para liderar la lucha y la defensa cuando ven
a los pesqueros que tienden sus redes y sacan cantidades de peces
que muchas veces no utilizan.
Y es que Malpelo es un lugar bueno, único en el mundo.
Sandra Bessudo, la directora de la fundación y quien se encuentra
de viaje en la Polinesia francesa, contó vía correo
electrónico que uno de los mayores regalos de la la isla se
llama Odontaspis ferox.
Se trata de un tiburón de 4 metros, que sube a 60 metros de
profundidad durante cierto período del año. Se creía
que esta especie había desaparecido y Malpelo reveló
el misterio.
Horas de magia
Hay dos formas de llegar a Malpelo, ya sea saliendo de los puertos
de Buenaventura o Guapi. Si el viaje se realiza en barcos de buceo,
se tarda 32 horas y si se cumple en los barcos de la Armada, se llega
a Malpelo luego de 22 horas de navegación.
Las visitas se hacen con el fin de monitorear el ecosistema, revisar
los cambios climáticos y motivar a los miembros del puesto
de la Armada Nacional para que sigan en su empeño de proteger
la isla. Otras veces, la visita incluye intervención de los
enormes pesqueros que llegan a Malpelo a echar sus redes, sin calcular
el daño que dejan a su paso, cuando atrapan bancos de tiburones
pequeños o se llevan enredados a los martillo que no son objeto
de pesca.
Mario Silva no cesa de regalarle piropos a Malpelo. “Es uno
de los diez mejores lugares del mundo para bucear y para ver tiburones
martillo”. La isla pertenece al sistema de Parques Nacionales
y es un área protegida, donde está prohibido cualquier
tipo de pesca.
Mario ha visitado el lugar unas 25 veces y reconoce que el recuerdo
más emocionante de este pequeño lugar son las aves.
Una imagen que no quiere que se le borre de su memoria: “tienen
una vida fantástica, perfecta... Las sulas vuelan sobre la
isla, son libres, muy amorosas, tienen parejas estables y son muy
cariñosas entre ellas”.
Bajo el agua, añade, hay momentos sublimes en que uno se encuentra
con 200 y 300 tiburones martillo. Son instantes que sólo se
pueden vivir en Malpelo. La Fundación Malpelo y Otros Ecosistemas
Marinos surgió en el afán de apoyar a los Parques Nacionales
de Colombia. Mario Silva asegura que el actual es un momento muy interesante
de su trabajo.
“Sentimos que hemos logrado cosas importantes, es especial,
llamar la atención sobre la isla y sobre la necesidad de protegerla”.
Sandra precisa que gracias a la Fundación, Malpelo tiene hoy
más personas trabajando para el área, un programa de
voluntariado capacitado que está creciendo y más recursos
para trabajar en un área tan lejana y difícil.
Ella no olvida el día que sorprendió un barco pescando
de forma ilegal en el área y logró subir a bordo, reunir
a la tripulación y explicarles por qué era importante
respetar ese paraíso. Al final, recibió una sonrisa
y un apretón de manos de cada uno de ellos.
Un logro que se hace mayor cuando no hay otros medios de disuasión,
excepto crear conciencia y pedirles que juren que no vuelven a entrar
a pescar... Cuando oye el juramento, Sandra les riposta con una advertencia:
-¡Ojo! Juraron a Dios, no a mí. Yo no puedo hacer nada
más, pero les queda en sus conciencias. Un juramento que es
pasión y ganas de vivir por Malpelo, un regalo de la naturaleza.
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