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Cortesía
Esta entidad de investigación cuenta con tecnología
de punta que aporta a la generación de conocimiento en
el campo médico. |
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Colprensa, Cali
Juan Francisco Miranda, director de Cideim. |
Obsesión por el conocimiento
La
organización se dedica al estudio de enfermedades como malaria
y tuberculosis.
Catalina Montoya
Piedrahíta
Cali
Si hay alguna razón por la que el Centro Internacional de Entrenamiento
e Investigaciones Médicas (Cideim) no ha muerto, sino que mantiene
una vitalidad impensable en un contexto como el colombiano, es la
terquedad.
Se puede decir que el trabajo de estos 50 “testarudos”,
especialistas en disciplinas como inmunología, biología
molecular, entomología, epidemiología, bacteriología,
farmacología, medicina... Es el de ser los “padres adoptivos”
de las enfermedades que se conocen como huérfanas. La tuberculosis,
la malaria y la leishmaniasis afectan casi exclusivamente al tercer
mundo y, en esa medida, poco es el interés comercial que despierta
su investigación en las multinacionales farmacéuticas.
“Esas enfermedades afectan nuestra población y nadie
las va a estudiar por nosotros”. Juan Francisco Miranda, director
de Cideim, explica cómo la organización que dirige ha
podido avanzar en su diagnóstico, en la respuesta al por qué
de su resistencia a algunos medicamentos, en el conocimiento su comportamiento,
en la innovación en cuanto a tratamientos alternativos... Todo,
contra la corriente de un país que cree en la investigación
y el conocimiento, pero de dientes para afuera.
“Todos hablan de su importancia, contradecirla es casi herejía.
¿Pero ese sí qué quiere decir?”, dice Miranda.
Si se le pregunta a la política por la necesidad de la investigación,
la afirmación es inmediata pero cuando se mira el presupuesto
de Colciencias, que representa el 0,02 por ciento del PIB, vienen
las dudas; cuando se indaga en el sector empresarial, y su compromiso
con la generación de saber, llegan las toses de disimulo.
Y en la vida cotidiana de la gente, no existe la suficiente conciencia
como para ejercer presión ante el Gobierno.
Cideim, entonces, se rehusa a caer en este marasmo cultural a punta
de una revolución silenciosa, librada en las publicaciones
científicas internacionales y con una victoria diaria, conseguida
en los laboratorios, en los proyectos de investigación, en
el aprovechamiento de la tecnología de punta con la que cuenta.
La clave, competir con uñas y dientes. “Cideim se sostiene
con la capacidad de las personas que trabajan aquí”,
explica Francisco Miranda. Cada proyecto desarrollado tiene detrás
una historia de perfección y alta calidad, porque su financiación
no es producto de la caridad ni de la cooperación Gobierno
a Gobierno. Es fruto de la competencia pura y dura contra cientos
de propuestas de todas partes del mundo.
Desde el laboratorio...
Desde los laboratorios, los cuartos de bioseguridad con los investigadores
de frente con las bacterias, los parásitos o los virus; desde
los cubículos, desde la sala de diagnóstico... los investigadores
de Cideim tejen el otro secreto del éxito: vivir del pensamiento,
convencidos de que la investigación es la vía para la
resolución de los problemas.
Todos tienen en la cabeza la obsesión con el conocimiento.
Hasta Jaime Torres, el primer pensionado de la entidad. Trabajó
por última vez hasta las 11:30 de la mañana del lunes.
Entró a trabajar en 1968 cuando el Cideim de hoy era un convenio
de cooperación entre la Universidad del Valle y la Universidad
de Tulane (New Orleans). Sin saber nada de tubos de ensayo ni de medios
de cultivo ni de leishmaniasis ni de malaria... se metió a
la arena de la ciencia porque, dice, le dieron la confianza. Aprendió
la labor de esterilizador de materiales y de preparador de medios
de cultivo, aptos para el crecimiento y reproducción de los
microorganismos que causan las enfermedades. “Me llevo los conocimientos
hasta la última hora”, dijo antes de irse.
Su partida dejó hueco en medio del acelere por cumplir con
las evaluaciones y los requerimientos de la certificación de
calidad en el que todos estaban envueltos al principio de esta semana.
Janeth Osorio, bióloga, no salió de su inmersión
en su proyecto de investigación sobre la eficacia de una vacuna
contra la leishmaniasis visceral, para dedicarse a las reuniones sobre
certificación. Prefirió seguir en el embeleso. Su trabajo
es hacer estudios preclínicos con animales y su gran preocupación,
la falta de regulación en ese. “No hay protección
para la biodiversidad, cualquiera puede apropiarse de los genomas.
Ahí es donde uno quiere impactar con su trabajo”.
La misión de Adriana Correa, otra de las profesionales, es
distinta. Ella trabaja al ritmo del daño que producen las bacterias:
su tarea, descubrir la forma de contrarrestar la resistencia de las
bacterias a los medicamentos en escenarios como las clínicas
y los hospitales del país...
Los objetivos distintos, incluso de los 20 estudiantes de maestría
o doctorado que reciben formación en Cideim, son parte del
mismo afán que expresó Jaime: generar y compartir conocimiento.
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