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Colprensa, Bogotá |
En los meses previos a las fiestas del Señor de los Milagros de Buga, una réplica del Crucifijo recorrió 250 poblaciones del país. La gente acudió masivamente a orar por la paz y la reconciliación.
Buga, ciudad de los milagros


El 19 de septiembre se harán las rogativas al Cristo. La imagen original recorrerá las calles.


Catalina Montoya Piedrahíta
Buga, Valle

Peso sobre peso, la lavandera había reunido los 70 reales que necesitaba para comprar la imagen religiosa que quería tener. Corría el año de 1570, dice la tradición oral; plena época de la conquista española y de la evangelización.

La liberación de un preso se le llevó los reales pero el agua del río Guadalajara, ese debajo del puente que hay que cruzar para entrar a Buga, le trajo el Cristo.
Cuentan que vio pasar un objeto brillante, en medio de la jornada diaria, que lo sacó del agua y que lo metió en una caja de madera.

Una de esas noches, seguramente después de algunas oraciones, la despertó un crujir que no pudo explicarse hasta que vio las tablas desbordadas: el crucifijo había crecido hasta las dimensiones que se veneran hoy en el Camarín de la Basílica de esta localidad del Valle.

¡Milagro! Se habrá dicho esa vez. ¡Milagro! Sigue exclamándose todavía, tal vez en el susurro de las oraciones de los peregrinos. El Cristo nunca está solo. La devoción empezó en ese entonces y el furor de los devotos hizo, que cada cual quisiera guardar un pedazo de su cuerpo para sí. La imagen llegó a un punto de deterioro tal, que la Santa Inquisición ordenó quemarla.

En una pira pública el Señor ardió durante tres días. Y, en vez de ser consumido por el fuego, supuró un sudor que, recogido por la gente con hisopos, sanó enfermos y concedió gracias. Ocurrió de nuevo el milagro. Al llamado Señor de los Milagros se le atribuyen prodigios que van desde victorias en las batallas de la independencia, que pasan por la protección del municipio en tiempos de violencia, como los originados por el Bogotazo y por la sanación de enfermos, hasta las gracias de la vida cotidiana. Cada quien tiene una historia extraordinaria qué contar y una promesa por pagar.

Gladys, la archivera de la Academia de Historia, no sólo testifica por lo que ha leído en documentos de hace siglos sino por lo que ella misma ha visto. En el año 68 cruzaba el atrio de la Basílica “y como uno nunca pasa de largo”, entró a rezarle al Cristo. “En esas subía un señor con su familia en un par de muletas, ¡todo torcido! Casi ni podía moverse”. Señor de los Milagros dame la salud, cuenta Gladys que decía. “Cuando uno ve esas cosas lo que hace es pedir por esa persona, que tiene más necesidades que uno”. ¡Gracias Señor! Oyeron todos que gritó. “Nunca había sentido a Dios tan cerca”. Gladys, y todos los que oraban fueron testigos del milagro del lisiado que enderezó los pies y empezó a caminar.

Pero quizá la más grande obra del Cristo, es la del sustento de toda una población, siempre ocupada por peregrinos que quieren cumplir promesas. De acuerdo con el padre Leiner de Jesús Castaño, rector de la Basílica, un domingo pueden llegar 200 feligreses a mandar decir misa. La demanda llevó a la tecnificación y, entonces, en el despacho parroquial, con taquillas y todo, las empleadas registran las intenciones por computador.

Explica el padre que la imagen “habla del Jesucristo de los humildes, porque se le apareció a una lavandera; de las aguas del bautismo por haber sido rescatado de un río; de la libertad, porque se la concedió a un preso; de la cultura afroamericana, por su piel negra”. El prelado está consciente del ritualismo que rodea la devoción a la imagen, pero argumenta que se trata de maneras de expresar la fe, y que la Iglesia procura por que la gente trascienda a las demostraciones materiales de fervor.

De cuenta del turismo religioso, no hay panadería, parqueadero, restaurante, hotel, almacén de reliquias, que no se llame “El Milagro”, “Cristo Rey”, “Nuevo Reino”, “El Vaticano”... Ahora la agitación es porque vienen las rogativas al Señor de los Milagros, “por el amor y la reconciliación hacia el milagro de la paz”.
Ya una réplica recorrió 13.000 kilómetros cuadrados en 250 poblaciones y nueve departamentos con ese mismo ruego, como preparación para las fiestas. Este 19 de septiembre, como cada siete años, la imagen original del crucifijo saldrá de la urna con su piel morena a recorrer Buga en ocho estaciones dedicadas a los pobres, a los enfermos, a los presos, a la justicia, a los ancianos, a los voluntariados...

Seguramente se narrarán nuevas gracias concedidas. Tal vez no mágicas, como las que acompañaron la aparición de la imagen, pero sí de la intimidad de cada cual, como la de Gerardo Torres, un campesino que, desde Pasto, viaja cada que tiene con qué para agradecerle al Señor por las semillas que le germinaron, por el trigo que vendió, por la discusión que ayudó a solucionar, por la enfermedad de la que lo sacó, por el dinerito que le cayó, por los animales que curó... En fin, por que todos los acontecimientos de su vida son para él obra del milagro.
 

Directora: Ana Mercedes Gómez Martínez | Gerente: Luis Miguel De Bedout Hernández | Producción: Comunicaciones.
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